El llamado de Angelita Peña coloca una pregunta incómoda en el centro: ¿qué responsabilidad tiene la audiencia en el éxito de aquello que considera perjudicial? La respuesta no se limita a apagar una pantalla. Implica reconocer que la atención funciona como una moneda y que incluso la indignación repetida puede ampliar el alcance del espectáculo que pretende denunciar.

Los jóvenes no aprenden solamente en la escuela. También aprenden de lo que los adultos celebran, comparten, compran y toleran. Una conversación familiar sobre dignidad, lenguaje, éxito y poder puede aportar más que una prohibición aislada, especialmente cuando ofrece referentes capaces de competir con la intensidad del entretenimiento digital.

La responsabilidad no pertenece exclusivamente a padres y madres. Las plataformas diseñan sistemas de recomendación, los anunciantes financian audiencias, los medios deciden a quién convierten en protagonista y las instituciones pueden impulsar alfabetización mediática. Pedir criterio individual tiene sentido cuando también se exigen reglas y responsabilidades a quienes organizan el mercado de la atención.

Conciencia no significa despreciar a una generación ni describir a la sociedad como irrecuperable. Ese lenguaje puede movilizar por un instante, pero también aleja a quienes deberían participar en el cambio. Los jóvenes necesitan herramientas para reconocer manipulación, separar fama de mérito, comprobar fuentes y entender que la popularidad no convierte una conducta en ejemplo.

“Apagar el circo” puede entenderse como una práctica concreta: dejar de compartir contenido únicamente para insultarlo, respaldar proyectos que eleven la conversación, corregir información falsa, acompañar a los jóvenes y pedir cuentas a las figuras que aspiran a transformar influencia mediática en autoridad pública. El criterio se demuestra con aquello que decidimos alimentar.